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Paseo por la memoria viva: Cuando el internado del Lope de Vega era el centro del mundo

 



El jardín donde germinó un sueño 

Si hoy cierro los ojos y vuelvo a caminar por el recinto del colegio Lope de Vega, el aire todavía me trae el perfume del azahar. Aquel internado que levantó mi padre, D. Juan, no era una simple residencia escolar; era un oasis adelantado a su tiempo. En pleno siglo XX, disfrutábamos de unas instalaciones propias del siglo XXI: ciento veinte habitaciones repartidas en bloques independientes para chicos y chicas, cafetería, capilla, biblioteca, salón de actos, comedores, pista de atletismo, tenis, futbito y hasta una piscina semiolímpica. Pero el verdadero lujo estaba en el abrazo de la tierra: estábamos rodeados de campo vivo, custodiados por naranjos, olivos plateados y un palmeral majestuoso. Por aquellos senderos, salpicados de bancos de piedra -una hermosa idea que un buen amigo médico mexicano le sugirió a D. Juan para invitar a la lectura y la charla-, aprendimos que el colegio era una inmensa familia.


De las 9:00 a las 17:00: Maestros del saber y escuela de humildad.

Mi jornada arrancaba a las 9:00 de la mañana en las aulas, donde tuve la fortuna de aprender de profesores excelentes que dejaron una huella imborrable en mí: recuerdo con especial cariño a Dña. M.ª Jesús, que me dio varias asignaturas en aquel inolvidable 3.º de EGB; la exactitud de D. Fidel en Matemáticas; la sensibilidad de D. Gonzalo con la Música; las clases de Inglés de Mr. Philips; la sabiduría clásica de D. Joan Mingot, enseñándonos Griego y Latín; y el magisterio cercano de Dña. María Ignacia con su literatura despertando nuestro espíritu de escritores y de lectores asiduos, D. José (el cura), ayudándonos a tener los pies en la tierra y el corazón en el cielo con la clase de religión y D. José Albero, un adelantado a su tiempo con su pedagogía experimental.

Pero entre clase y clase latía otra escuela: la del esfuerzo y el amor filial. Mi padre necesitaba ayuda y yo se la ofrecí con orgullo. En el recreo cambiaba los libros por la bandeja para servir de camarero en la cafetería, bocatas y bollos, y, al terminar la comida de mediodía, en el comedor de los mediopensionistas, me quedaba limpiando los manteles de hule con agua y lejía. Aquel olor a limpio, arrimando el hombro y compartiendo el espíritu de superación de aquellos admirables alumnos becados que costeaban sus estudios con su labor diaria, fue la mejor lección de humildad y compromiso familiar de mi vida.


Mis cinco hermanos, el cuadrilátero y las sombras del tiempo.

Mis recuerdos del internado no pueden separarse de la convivencia con mis padres y mis cinco hermanos: Vicente, M.ª José, M.ª Carmen, Pepe y Ana María. Juntos compartíamos juegos que cultivaban la fraternidad: partidas vibrantes de ping-pong, tardes de fútbol y combates nobles con guantes de boxeo en el cuadrilátero del gimnasio.

Sin embargo, la memoria también guarda sus pliegues amargos. Entre aquellas risas, a mi hermano Vicente siempre lo noté distante conmigo. Durante mi niñez y juventud desconocía las causas de aquella frialdad; solo con el paso de los años logré comprender que en aquella distancia silenciosa ya asomaba el germen de futuros problemas, tal vez alimentados por la sombra de los celos.


Los faros del día y de la noche: Quienes cuidaban de nosotros. Al recorrer con la mente aquellos jardines y pasillos, me salen al paso las almas buenas que sostenían nuestro mundo. Entre las plantas trabajaban Jesús, nuestro jardinero, y su mujer Yose, padres de Verónica y M.ª Jesús, dos niñas tan buenas y cariñosas entre sí que eran para todos el ejemplo vivo de cómo deben quererse dos hermanas. Además, residían en el colegio en una vivienda habilitada por mi padre para ellos. En el plano espiritual, nos acompañaban el cura D. José, D. Tomás y las visitas pastorales del obispo D. Pablo Barrachina.

En el día a día, los preceptores guiaban nuestra juventud: la rectitud justa de D. Teodosio, la escucha templada y la voz de trueno de D. Alberto, la paciencia inagotable de D. Victoriano,  el cariño de D. José Antonio y  la dedicación de las preceptoras en el bloque femenino. Y al caer la noche sobre las ciento veinte habitaciones y los pasillos, emergía la figura del Sr. Pepe, el conserje nocturno: el hombre más serio y diligente que he conocido, a quien todos los internos profesábamos un respeto absoluto mientras velaba nuestro sueño.

Las cinco de la tarde y el corazón en los fogones A las 17:00 horas, al salir de clase, cogía la escoba y el recogedor y barría el colegio antes de escaparme a jugar un rato al fútbol y entrar luego en el aula de internos, siempre abarrotada de vida y estudio. A las 21:00 horas, el aroma nos guiaba al comedor, donde trabajaban sin descanso Estrella, Florita y Juliana junto a los cocineros Matías y José, liderados por el gran Rafael, el insuperable jefe de cocina que mi padre contrató en 1972 para el Congreso Mundial de Educación. Sus tortillas de patata, su pollo con patatas y aquellas sopas de ajo, cebolla o tomate reconfortaban el cuerpo antes de que yo subiera a mi casa, en el mismo edificio del internado, para asearme y acostarme.


Los rostros de mi hermandad, veranos e inviernos.

En el patio de mi memoria siguen vivos mis compañeros de toda España y de Europa:

  • El Cubanito, con quien me daba unas "tortas" monumentales pero nobles disputando cada balón en el fútbol.

  • El Canario, dueño de un corazón inmensamente bueno y noble.

  • Claudia y su hermano Lalo, dos personas maravillosas, argentinos e hijos de Tete y de D. Luis Laureli (aquel gran embajador de Argentina en España, Italia y Senegal, tan amigo de mi padre).

  • Los tres hermanos, Clive, Rolando y Karem, gente estupenda y muy sociable, destacando el carácter fogoso y lleno de vida de Karem.

  • Los hermanos Díaz Olivares, de Aspe, listos a no poder más; y los hermanos Manzanares, los más maduros de su época y modelos de deportistas, junto a los hermanos Álvarez, Savin, Dominique, Sturn, Bettina, Tadeo y su hermana alemana qu, Diana, Juanjete (hijo de Juliana), Javi ( hijo de Estrella) o Paul con su inseparable patinete.

Con ellos construíamos cabañas estilo Tarzán en los árboles, organizábamos pandillas y hasta huimos más de una vez de los cartuchos de sal que nos disparaba "el General", el pastor vecino, cuando íbamos a coger naranjas. Y cuando llegaba la Navidad, aquellos niños que no eran recogidos por sus padres -increíble pero cierto- jamás estuvieron solos: encontraban su hogar sentados a la mesa de D. Juan y nuestra familia.

El sueño de Sorèze y el otoño del internado.

 Aquel espíritu abierto y europeo que mi padre quiso imprimir al Lope de Vega tuvo un símbolo indiscutible en D. Joaquín. Vino contratado desde el histórico colegio de Sorèze, en Toulouse (Francia), regido por los dominicos. De allí nació también nuestra hermosa tradición de hermandad y las visitas de los alumnos franceses, que convivían con los alumnos internos. D. Joaquín fue el gran Jefe de Estudios y la mano derecha de mi padre; por eso, cuando decidió marcharse a la Universidad Laboral de Cheste, dejó tras de sí una profunda decepción, como si una columna maestra del proyecto se resintiera.

Fueron llegando también otros silencios que nos recordaron que hasta los lugares más luminosos conocen el invierno. El colegio enmudeció con un dolor hondo y respetuoso ante la trágica pérdida (salto al vacío desde la sexta planta del edificio del internado) de la esposa de Juan el primer conserje, una sombra que recorrió cada rincón sin necesidad de palabras. Poco después, el propio paisaje pareció llorar aquellas ausencias: un frío vallado de embargo recortó nuestro horizonte y nos arrebató para siempre el viejo palmeral que había custodiado nuestra infancia.

Con el correr de las décadas, entre los años 60 y los 90, aquel bullicio fue apagándose suavemente, como una tarde de domingo que llega a su fin, hasta convertirse en un espacio y servicio residual. Se perdieron las palmeras y el silencio ocupó las ciento veinte habitaciones, pero quienes crecimos bajo aquellos naranjos sabemos que las paredes solo guardaban el eco: el verdadero internado sigue vivo, intacto y luminoso, dentro de nosotros.


Epílogo: Buscando a mis compañeros de ayer. He perdido la pista de muchos de vosotros con el paso de los años, pero este blog tiene hoy sus puertas abiertas como las tenía nuestro internado. Si eres uno de aquellos internos (Clive, el Canario, los Díaz Oliver, los Manzanares, Claudia, Lalo...) o conoces a alguno, te invito a dejar un comentario respondiendo a estas tres preguntas para reconstruir juntos nuestra historia:

  1. ¿Cuál es el primer olor, sonido o rincón que viene a tu mente al recordar el internado?

  2. ¿Qué maestro, preceptor o trabajador del colegio dejó una huella especial en tu vida?

  3. ¿Qué anécdota en las habitaciones, las aulas, el comedor o el campo de fútbol te sigue haciendo sonreír hoy?


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