He aprendido a leer la vida como se lee una escuela: no solo con planos y horarios, sino con latidos. Mi trayectoria profesional, vista con calma, se parece a una escalera que no se sube a saltos, sino peldaño a peldaño: con estudio, con errores que enseñan, con encuentros que marcan… y con una convicción que siempre vuelve: educar es acompañar a alguien a descubrir quién es.
Mi primer peldaño fue la vocación hecha formación. Me gradué en Magisterio, me adentré en la Psicopedagogía y completé un Máster en Dirección, Evaluación y Organización de Centros Educativos; después llegó el aprendizaje más “de timón” y de gestión con el curso de Experto en Alta Dirección Empresarial en ICADE, que me dio herramientas para mirar una organización por dentro, como quien entiende el funcionamiento de un reloj para que vuelva a dar bien la hora.
Pero si algo ha definido mi manera de caminar ha sido el hambre de aprender. He cultivado un Entorno Personal de Aprendizaje vivo, en continua actualización, y ese hábito me fue llevando a especializarme en coaching educativo, orientación familiar, selección y formación de profesores, innovación, organización y calidad. Dicho de forma sencilla: he intentado no quedarme nunca quieto, porque en educación quedarse quieto es empezar a retroceder.
Durante 18 años fui Director General de la Institución Educativa Lope de Vega y miembro de su Consejo de Administración. Aquella etapa la recuerdo como un largo viaje de navegación: a veces con mar en calma y otras con oleaje, pero siempre con la responsabilidad de mantener el rumbo, cuidar la tripulación y no perder de vista a quienes dan sentido a todo: los alumnos y las familias.
Después, mi camino se abrió también a otros proyectos: trabajé como directivo y profesor en grupos educativos relevantes en España —Fomento de Centros de Enseñanza, Gecesa y Chesterton Education— y en los dos últimos asumí una misión que todavía hoy me parece casi artesanal: poner en funcionamiento dos colegios concertados, cada uno con una oferta de 1.300 plazas escolares. Fue como encender una casa desde cero: levantar cultura, equipos, procesos, identidad… y lograr que todo aquello empezara a ser hogar.
Más tarde, durante casi diez años, trabajé para la Fundación Educatio Servanda, dirigiendo el Colegio Juan Pablo II en La Línea de la Concepción. Esa etapa fue para mí un recordatorio fuerte de que la educación, cuando se toma en serio, también es misión: una forma concreta de servir, de cuidar, de construir comunidad. Y hoy continúo ese mismo hilo como orientador y consejero educativo en el centro de orientación familiar del Campo de Gibraltar, donde el aula se vuelve conversación, y el boletín de notas se transforma en historia personal, en heridas, en esperanza y en decisiones que importan.
En este camino he dirigido proyectos y planes que han sido, en realidad, respuestas a necesidades reales. Recuerdo especialmente la gestión de RR. HH. por competencias —para que cada persona pudiera brillar en el lugar adecuado—; el plan estratégico “Phoenix”, pensado para superar situaciones de crisis (porque a veces la escuela también necesita renacer de sus cenizas); el proyecto “One to One” para aprender con tablets; el plan de Bilingüismo de la Comunidad de Madrid; y el programa “Vamos Creciendo”, centrado en educación en valores, junto con programas de formación para profesores y padres. Cada uno fue como una herramienta distinta en la misma caja: útil cuando llega el momento oportuno.
Como docente, siempre he creído que el aprendizaje no se empuja: se despierta. He procurado hacerlo con metodologías activas, participativas y con un uso sensato de la tecnología; no como un brillo que distrae, sino como una lámpara que ilumina lo importante. Y en el ámbito institucional he tenido el privilegio de firmar alianzas estratégicas con entidades y colaboradores que ampliaron horizontes: Universidad Rey Juan Carlos, Cambridge University Press, Somerset Academy, el I+D de Fomento, ayuntamientos como Benidorm y Arroyomolinos, y proveedores educativos clave. En esas alianzas aprendí que educar también es tejer redes: unir manos para que el bien llegue más lejos.
Además, mi recorrido no se ha limitado a lo estrictamente escolar. He participado en la creación y dirección de iniciativas diversas: la Fundación Juan Fuster Zaragoza, una Academia de Idiomas (W.S.I), una Escuela Superior de Turismo y un Club de Opinión y Debate; también he asesorado en la comercialización de empresas turísticas. Todo ello me enseñó algo que valoro mucho: que la educación, la empresa y la cultura se tocan más de lo que parece cuando se buscan con honestidad el servicio y la excelencia.
Y quizá una de las experiencias que más me han ensanchado el corazón ha sido colaborar de forma habitual con ONG y proyectos de asistencia social en Sudamérica y en la Antigua Yugoslavia. Viajar así —o servir así— te cambia la mirada: te obliga a llamar “prioridad” a lo que antes llamabas “detalle”, y te enseña que la dignidad humana no es un discurso, sino un deber cotidiano.
Si tuviera que decir quién soy en una imagen, diría esto: soy alguien que ha intentado ser puente. Puente entre la excelencia y la cercanía. Entre la organización y el alma. Entre la escuela y la familia. Y, por encima de todo, puente entre una persona y su mejor versión.
Y sí: también soy esposo y padre de tres hijos. Y tal vez por eso, porque la vida me educa en casa cada día, sigo creyendo —con emoción serena— que educar es, al final, un acto de amor inteligente: amor que acompaña, que exige, que sostiene y que no se rinde.
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