Introducción y Propósito El pasaje evangélico de san Lucas ( Lc 14, 33 ) resuena con una radicalidad que a menudo incomoda o desconcierta: «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío» . En una cultura contemporánea vertebrada en torno a la posesión, el estatus y el control celoso de nuestras seguridades, este mandato suele interpretarse de dos formas igualmente erróneas: como una invitación reservada con exclusividad a la vida monástica o consagrada, o bien como una hipérbole retórica vacía de aplicación en la vida secular. Quienes tenemos la responsabilidad de gobernar una familia, gestionar patrimonios o asumir compromisos profesionales sabemos que desentenderse de los deberes de estado no es virtud, sino negligencia. La verdadera renuncia que Cristo exige no consiste en el despojo insensato ni en la inacción, sino en una mutación radical de la mirada interior: extirpar el veneno del apego y comprender que no somos dueños absolutos de nada, sino humildes admi...