A los 12 años, los chicos y chicas se encuentran en plena transición: ya no son niños pequeños que memorizan rezos por repetición, pero tampoco tienen la madurez teológica de un adulto. Cuando en clase de religión o en la catequesis les pedimos que reciten el Padre Nuestro , a menudo experimentamos un silencio espeso. Para muchos, las palabras ("venga a nosotros tu reino", "hágase tu voluntad", "líbranos del mal") se convierten en una fórmula lejana y automática, un eco sin rostro que se repite sin digerir. El problema pedagógico y pastoral no es la falta de fe de los chicos, sino una desconexión entre el lenguaje milenario de la oración y su realidad vital de preadolescentes, llena de anhelos de autonomía, primeras dudas, deseos de aceptación y necesidad de seguridad. Si no les enseñamos a abrir el cofre del tesoro que Jesús nos dejó, el Padre Nuestro corre el riesgo de quedarse en un simple trámite rutinario antes de apagar la luz. Cuestiones para refl...