El jardín donde germinó un sueño Si hoy cierro los ojos y vuelvo a caminar por el recinto del colegio Lope de Vega, el aire todavía me trae el perfume del azahar. Aquel internado que levantó mi padre, D. Juan , no era una simple residencia escolar; era un oasis adelantado a su tiempo. En pleno siglo XX, disfrutábamos de unas instalaciones propias del siglo XXI: ciento veinte habitaciones repartidas en bloques independientes para chicos y chicas, cafetería, capilla, biblioteca, salón de actos, comedores, pista de atletismo, tenis, futbito y hasta una piscina semiolímpica. Pero el verdadero lujo estaba en el abrazo de la tierra: estábamos rodeados de campo vivo, custodiados por naranjos, olivos plateados y un palmeral majestuoso. Por aquellos senderos, salpicados de bancos de piedra -una hermosa idea que un buen amigo médico mexicano le sugirió a D. Juan para invitar a la lectura y la charla-, aprendimos que el colegio era una inmensa familia. De las 9:00 a las 17:00: Maestr...