En innumerables hogares católicos descansa, con frecuencia reposando bajo una capa de polvo o relegado a un rincón decorativo, un ejemplar del Catecismo de la Iglesia Católica . Nos acompaña como una herencia familiar o una adquisición bienintencionada, pero rara vez se abre o se lee con la devoción y el rigor que merece. Con demasiada frecuencia asumimos que el estudio profundo de la fe es un territorio exclusivo para sacerdotes, teólogos o consagrados, olvidando que cada bautizado ha recibido la gracia —y la responsabilidad— de dar razón de su esperanza en medio de los desafíos cotidianos. Vivimos en una época paradoxal: nos inunda una marea constante de información, pero al mismo tiempo navegamos en una profunda confusión espiritual. Las preguntas complejas sobre el sentido de la vida, la moral y la verdad nos asaltan en el trabajo, en la familia y en la plaza pública, mientras que nuestro arsenal espiritual suele quedarse anclado en los fragmentos memorizados en la infancia. Sin...