Hoy, al leer el Evangelio de Mateo (22, 34-40), me he detenido en la respuesta de Jesús a la pregunta sobre cuál es el mandamiento mayor. Ya conocen la respuesta: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo. Dos anillas inseparables de una misma cadena. Sin embargo, a veces la vida nos pone en una encrucijada práctica que el comentario de hoy —sobre la cruz y su verticalidad— me ha ayudado a visualizar: ¿qué hacemos con la "horizontalidad", con el prójimo, cuando ese prójimo nos ha herido, nos ha decepcionado o ha usado artimañas contra nosotros? ¿Cómo "amar" a quien te ha perjudicado, maltratado o ha roto un acuerdo? Amar no es sinónimo de permitir el abuso ni de cerrar los ojos ante la deslealtad. Si el amor al prójimo es "como a ti mismo", el primer paso es reconocer que, para poder amar bien a los demás, debemos cuidar nuestra propia integridad. A veces, la forma más alta de amor es poner un límite firme. Para transitar este ca...