A veces, al leer el Evangelio, nos encontramos con pasajes que parecen una normativa fría o una lista de tareas: "Si tu hermano peca, ve y repréndele...". Sin embargo, si nos detenemos un momento y dejamos que estas palabras resuenen en nuestra realidad diaria —en la mesa de la cocina, en la rutina de las tareas domésticas o en el cansancio del final del día—, descubrimos que lo que Jesús nos propone no es una lección de autoridad, sino una escuela de amor.
La corrección fraterna en familia es, probablemente, una de las asignaturas más difíciles y, a la vez, más necesarias. Si vamos a corregir para imponer nuestra razón, mejor no ir. Vamos para "ganar al hermano".
La corrección en el día a día familiar: algunos ejemplos
Corregir no es juzgar. Corregir es, literalmente, "poner en línea recta" algo que se ha torcido, pero siempre con el objetivo de devolver la paz.
¿Cómo se ve esto en la práctica?
- Con el cónyuge (La regla del "a solas"): Imagina que tu pareja ha sido excesivamente dura con uno de tus hijos delante de todos o ha tenido un gesto de impaciencia injustificado. Corregirle en ese momento, delante de los niños, solo creará más tensión y humillación. La corrección fraterna exige paciencia: espera a que pase la tormenta, a que estén a solas. «Me dolió verte así con nuestro hijo, me preocupa que estemos perdiendo la paciencia... ¿te pasa algo? ¿cómo puedo ayudarte?». Fíjate que el objetivo no es ganarle la discusión, sino ganar a tu cónyuge para la paz familiar.
- Con los hijos (La corrección desde la escucha): Cuando nuestros hijos fallan, a veces nuestro instinto es el grito o el castigo automático. La corrección fraterna implica entender el "pecado" o la falta. Antes de sancionar, busca el momento tranquilo. «Sé que has mentido sobre los deberes. Estoy decepcionado, pero estoy más preocupado por por qué has sentido que tenías que mentirme. Quiero que confíes en mí». Esto es corregir desde la verdad, pero con la puerta abierta al arrepentimiento.
El dilema: ¿Perdonar sin arrepentimiento?
Muchos me preguntáis a menudo: "Juanjo, ¿y si me hacen daño, no me piden disculpas y no veo arrepentimiento? ¿Tengo que perdonar?".
Aquí es vital distinguir dos cosas: el perdón y la reconciliación.
- El perdón es tu trabajo interior: El perdón es una decisión tuya, un acto de voluntad que realizas ante Dios. Tú perdonas para liberarte, para que el rencor no sea el invitado permanente en tu mesa familiar. Puedes (y debes) perdonar en tu corazón, incluso si el otro no se ha arrepentido. Esto te permite mantener la paz interior y evitar que el mal recibido se convierta en una cadena de amargura.
- La reconciliación es un camino de dos: Mientras que el perdón es unilateral, la reconciliación requiere dos partes. No puedes forzar una cercanía que el otro no desea o que sigue siendo dañina. Si no hay arrepentimiento, es lícito poner límites. Puedes perdonar al familiar que te ha faltado al respeto, pero también puedes decidir (por prudencia) no exponer tu paz familiar a sus ataques constantes.
Donde dos o tres se reúnen...
Jesús nos recuerda que cuando nos reunimos en su nombre, Él está en medio. Si tu intención al corregir o al perdonar es simplemente recuperar el amor, ahí está Él sosteniéndote.
No busquemos "arrojar un torrente de palabras", como decía San Juan Bosco, que solo ofenden sin ayudar. Busquemos, en cambio, esa delicadeza infinita de quien sabe que, en la familia, estamos todos en la misma barca, intentando llegar al mismo puerto.
¿Cuál es ese "asunto" que hoy necesitas tratar con delicadeza en casa? Pídele al Señor que te dé las palabras, el tono y, sobre todo, el corazón necesario para hacerlo con mano maternal.
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