Hoy, al leer el Evangelio de Mateo (22, 34-40), me he detenido en la respuesta de Jesús a la pregunta sobre cuál es el mandamiento mayor. Ya conocen la respuesta: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo. Dos anillas inseparables de una misma cadena.
Sin embargo, a veces la vida nos pone en una encrucijada práctica que el comentario de hoy —sobre la cruz y su verticalidad— me ha ayudado a visualizar: ¿qué hacemos con la "horizontalidad", con el prójimo, cuando ese prójimo nos ha herido, nos ha decepcionado o ha usado artimañas contra nosotros? ¿Cómo "amar" a quien te ha perjudicado, maltratado o ha roto un acuerdo?
Amar no es sinónimo de permitir el abuso ni de cerrar los ojos ante la deslealtad. Si el amor al prójimo es "como a ti mismo", el primer paso es reconocer que, para poder amar bien a los demás, debemos cuidar nuestra propia integridad. A veces, la forma más alta de amor es poner un límite firme.
Para transitar este camino sin perder la paz ni caer en el resentimiento, me he propuesto aferrarme a tres palabras clave:
1. Integridad
Mantenerse fiel a los propios valores, sin importar cómo actúen los demás. Si el otro falta a su palabra o usa artimañas, la tentación inmediata es bajar a su nivel, devolver el golpe o pagar con la misma moneda. Pero la integridad nos pide lo contrario: elegir seguir siendo, a pesar de todo, una persona de palabra. Es la única forma de evitar que la toxicidad del otro contamine nuestra esencia.
2. Discernimiento
Amar no es ser ingenuo. El discernimiento nos permite ver la realidad de la situación sin el filtro del rencor ni del victimismo. Nos ayuda a entender que podemos desear el bien al otro (orando por él o respetando su dignidad humana) sin estar obligados a confiarle nuestra confianza o nuestro tiempo. Discernir es saber dónde termina nuestra responsabilidad y dónde empieza el límite necesario para proteger nuestra salud mental y espiritual.
3. Desapego
Esta es quizás la más difícil. A menudo, nuestro dolor nace de la expectativa: "no debería haberme hecho esto", "debería pedirme perdón". El desapego implica soltar la necesidad de que el otro cambie o actúe como nosotros esperamos. Entregar a Dios el resultado de la relación nos libera de la carga de controlar la conducta ajena. Es renunciar a que el otro nos "pague" con justicia, permitiéndonos avanzar sin el peso de la amargura.
Como bien recuerda el comentario del Evangelio de hoy, si nuestra "verticalidad" (nuestro amor a Dios) es sólida, podremos sostener nuestra "horizontalidad" con más equilibrio. No depende de nosotros que los demás sean buenos, pero sí depende de nosotros cómo decidimos responder.
Que hoy, ante cualquier desilusión, podamos elegir la paz que viene de Dios, protegiendo nuestro corazón sin cerrar las puertas de la caridad.

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